A Pamplona hemos de ir

Pamplona es Sanfermín, pero para hacer turismo, es mejor visitarla antes o después de la reina de las fiestas. Aunque no destaca por su monumentalidad, la capital navarra atrapa y nunca se olvida. Por sus murallas y baluartes, su casco viejo, los grandes parques que están verdes todo el año, el Camino de Santiago que arranca aquí, el peso de la tradición taurina, los pintxos y los vermús, el arraigo de tantísimas tradiciones como existen, el románico, el gótico, los montes que la rodean, el talento pamplonés y, sobre todo, la sensación de bienestar que uno siente estando allí.

Gente entrañable

En esta tierra maravillosa abunda la gente de costumbres, apegada a su cuadrilla de toda la vida, orgullosa de la tierra que pisa; cuidadosa de lo propio. Gente que frecuenta el `juevintxo´; ama el mus a cuatro reyes y siempre es fiel a Osasuna.

Metidos en fiesta, los pamploneses  resultan divertidos e imparables; el resto del año, cumplidores, rectos, de un civismo ejemplar. Gente entrañable que acoge a su manera, pues aunque cueste abrir puertas, una vez dentro, ya eres amigo para siempre.


De los romanos a la ciudad medieval.

Como todas las ciudades históricas, Pamplona es un puzzle de culturas. Fue fundada por un general romano, Pompeyo, que le puso su nombre, Pompaelo, allá por el año 74 antes de Cristo más o menos. Hasta el siglo XI fue creciendo como `Burgo de la Navarrería´, -poblado agrícola en torno a una iglesia, la actual Catedral- y, gracias al Camino de Santiago, empieza a recibir peregrinos venidos de Francia que fundarían dos burgos cercanos. Es decir, en origen y hasta el siglo XV, la ciudad medieval fue tres poblaciones separadas por murallas. El rey Carlos III las unificaría en una única casa consistorial, actual ayuntamiento.

Desde el XVI en adelante, ya bajo la Corona de Castilla y, dada la importancia estratégica de su cercanía a Francia, comienza la construcción de las murallas modernas, los baluartes y la ciudadela, que se conservan perfectos, a pesar de los derribos sufridos con las ampliaciones y ensanches de siglos posteriores.


Paseo por murallas y baluartes con vista al Casco Viejo.

Arrancamos la ruta con un café tempranero en la terraza del parque de la Media Luna para comenzar el paseo por las murallas desde uno de los extremos de la ciudad que, en este punto, es un inmenso mirador panorámico hacia las huertas y playas que rodean el rio Arga.

En el trayecto que media hasta nuestra primera parada, -la plaza de Santa María la Real donde está el palacio arzobispal-, nos vamos topando con imponentes elementos defensivos como el Fortín de San Bartolomé o el Baluarte de Labrit, muy bien conservados y visitables.

Seguimos por una ronda peatonal llamada del Obispo Barbazán, que discurre paralela a las murallas para terminar en otra fortificación: el Baluarte del Redín. Todo el entorno de esta gran plaza, con su mirador al monte de San Cristobal y su mesón-terraza se llama `El caballo blanco´y es uno de los lugares con más encanto de la ciudad medieval donde en las noches de verano se celebran espectáculos.

De paseo por el centro

A sólo 200 metros de ahí, por una callejuela llamada Redín, llegamos a la catedral pamplonesa, una de esas catedrales diferentes que no te puedes perder. A pesar de su fachada neoclásica, es considerada una joya del gótico europeo. Impresiona bastante que hayan decorado con escudos heráldicos a todo color las claves de las bóvedas e impresiona el claustro, el refectorio, la sacristía, los coloridos de las vidrieras. Y lo sobria que es y lo bien que se conserva.

Al salir de la catedral nos vamos a alejar un rato de la muralla, -a la que volveremos- para bajar por la calle Curia hacia el casco viejo, el corazón de Pamplona. Esta zona suele estar llena de gente, llena de vida y de comercios de artesanías y souvenirs, tiendas de ultramarinos, y cientos de bares donde potear, vermutear o chikitear: así llaman al bebercio y el aperitivo por Pamplona.

Los escenarios de los Sanfermines

De Curia al Ayuntamiento hay tan sólo tres minutos. Nos va a parecer imposible que en el espacio pequeño de esta plaza consistorial quepan unas 12.000 personas cada 6 de julio con el estallido del chupinazo. La foto ante la fachada es obligada.

Regresamos por Mercaderes para enfilar la mundialmente famosa calle Estafeta, donde se corren los encierros de Sanfermín. Está plagada de bares con barras atestadas de banderillas y pintxos. Muy recomendables las anchoas con txangurro de El bodegón y la croqueta del Fitero. Como no puede ser de otro modo, acabamos la calle en la plaza de Toros que hemos visto tantas veces en la tele.

Frente a ella, andando solo unos pasos por calle de Espoz y Mina llegamos a la plaza del Castillo, el ombligo de Pamplona, el lugar donde todo sucede, un gran espacio peatonal que, sin ser monumental, tiene un atractivo único por su kiosco romántico, el colorido de sus edificios y la alegría de los veladores, y terrazas que la rodean. Tres lugares emblemáticos aquí: el Casino Eslava,  el Café Iruña y el hotel La Perla, donde se hospedara Hemingway en sus estancias sanfermineras.

Una paradita para potear

A la izquierda del kiosco entramos en calle San Nicolás, famosa zona de marcha y poteo. Vale la pena parar en el bar `Rio´, pedir un frito de huevo –son exquisitos-, y comprobar cómo sube el contador electrónico de fritos de huevo consumidos. También es obligada una parada en el Roch, diminuto y emblemático café del XIX, que conserva su decoración original. Está en calle Comedias, perpendicular de San Nicolás y es también famoso por sus croquetas.

Y ya de San Nicolás nos vamos hacia los jardines de la Taconera, un agradable paseo de diez minutos por calles San Miguel y San Francisco con breve parada en la capilla de San Fermín, donde se guarda la imagen del homenajeado, festejado e internacional santo que, por cierto, no es el patrón de la ciudad.

Buscando el verde

La Taconera es el parque más antiguo, más romántico y más grande: 90.000 metros de verde. Tiene inmensos fosos con ciervos, patos y pavos reales en libertad, y vale la pena hacer parada a tomar un refrigerio en el bar El Bosquecillo o en El Vienés.

A tan sólo 700 metros andando por la avenida del Ejército, tenemos La Ciudadela, ejemplo imponente de arquitectura militar renacentista, un gran espacio convertido en centro de exposiciones y eventos culturales que está rodeado por el mayor pulmón verde de esta ciudad verde: los jardines de la Vuelta del Castillo rondan los 280.000 metros cuadrados de césped, árboles de inmenso porte y caminos para pasear.

Para un segundo día o para otras escapadas, nos ha quedado muchísimo por hacer: bajar al campus de la Universidad, andar en bici por la ribera del Arga, adentrarnos en el Museo y el Archivo de Navarra, visitar el planetario, ir de compras por el Ensanche, salir de copas por el Kabiya o La Carbonera…

La buena noticia es que a Pamplona siempre se vuelve, ¡a Pamplona hemos de ir!.

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