Fuerteventura, la nada que lo es todo…

o perderse para encontrarse

A veces he pensado que la vida era una búsqueda continua de uno mismo, pero el tiempo me ha ido mostrando que es un continuo descubrimiento del universo y, a medida que recorremos el camino, aprendemos de nosotros mismos y nuestro entorno… Curiosamente también descubrimos que nosotros mismos no somos la misma persona a lo largo del recorrido y por eso el aprendizaje es ilimitado, el camino infinito, el reto constante… si nos atrevemos a afrontarlo.

María Sanz en el desierto
Foto: Gary Freeman

Cada uno somos diferentes y compartiendo mi experiencia no pretendo convencer a nadie de que el lugar en el mundo, donde siento que pertenezco, sea el mejor o el más bonito, o el más interesante, pero si os invito a que cuando viajéis, ya sea al trabajo, a una exposición, a la fiesta de un vecino o a cualquier lugar en el mundo, aunque sea a la vuelta de la esquina, dejéis que vuestra intuición se abra al encuentro de vosotros mismos en esos otros universos.

Siempre me ha gustado viajar, callejear, perderme en un cuadro, una foto, un  poema  o una melodía. Perderme para encontrarme. En cada uno de esos lugares se abrían puertas en mi interior donde descubrir nuevas realidades del exterior, y algunas verdades, siempre relativas. 

De entrada me gustaba planificar, para luego olvidarme de lo planificado y dejarme llevar por los lugares, las personas… Pero Fuerteventura desde el principio fue diferente: no la buscamos. Era una incógnita dentro de un sueño. 

Fuerteventura nos encontró a nosotros

Por entonces vivía en Londres, una ciudad que todavía a día de hoy me fascina por la vitalidad y la energía creativa que inunda cada uno de sus rincones pero, casi sin hablarlo, teníamos claro que queríamos encontrar un lugar para criar a nuestra hija más cerca de la naturaleza, lejos del bombardeo de la híper veloz sociedad de consumo y Fuerteventura nos encontró a nosotros.

Nunca habíamos estado allí, aunque conocíamos ya Tenerife, La Palma y La Gomera gracias a unos amigos canarios estupendos que había conocido, unos años antes, haciendo el Camino de Santiago. Ni siquiera nos habíamos planteado dónde estaba en el mundo ese lugar que buscábamos, pero apareció una oportunidad de trabajo en Fuerteventura y nos tiramos de cabeza. A mi pareja le convenció la playa, el surf y el ritmo tranquilo. A mi la oportunidad de vivir en un lugar desértico: siempre me había sentido identificada con la Generación X que Douglas Kaplan definía en su libro del mismo nombre y me pareció una oportunidad única para perderse.

Empaquetamos nuestra vida en 94 cajas que viajarían en un contenedor. A nuestro bebé y todos los cachivaches de primera necesidad, en nuestra Renault Kangoo, y partimos con destino a nuestra nueva vida.

Desde el primer día que llegué a la isla, un 15 de abril del 2000, sentí , sin entender por qué, que aquel lugar, en el que no conocíamos a nadie y en el que “parecía” no haber casi nada, ejercía sobre mi una atracción imposible de ignorar, una atracción irresistible, un amor incondicional que todavía a día de hoy se mantiene intacto, como el primer día.

No sabría decir si son sus sinuosos e interminables horizontes, el vuelo de las nubes sobre los tableros, los barrancos que esconden, cada uno, su propio universo único y particular de estructuras geológicas impresionantes pobladas de especies de flora y fauna camufladas a lo largo de su cauce, que año tras año, paseo tras paseo iría descubriendo por mi misma o con amistades sabias que veían donde los demás todavía no habíamos aprendido a ver.

Fuerteventura y los majoreros, asombrosos en sabiduría y recursos, se convirtieron en una fuente continua de inspiración, como también lo ha sido la sociedad multicultural en la que se han educado mis hijas, pudiendo beber no solo de su cultura propia y la de la isla, sino de la de tantos compañeros de clase y juegos de los cinco continentes.

…los majoreros, asombrosos en sabiduría y recursos, se convirtieron en una fuente continua de inspiración…

Cuando me mude aquí y mandaba fotos a las amistades de fuera, y les decía que creía haber encontrado mi lugar en el mundo, se asombraban.  Me decían “pero ¿qué dices? ¿qué haces ahí? Tu que siempre has sido urbana, que no hay evento que te pierdas ¿Qué haces ahí, que no hay nada?”

Con sus preguntas descubrí que a menudo, pensando que somos de una u otra manera, nos impedimos ver en cada momento el devenir de nuestra propia naturaleza. Y que, aunque mi etapa urbana también había sido fascinante, ahora el desierto, sin los continuos bombardeos de información y oferta de la mal llamada “civilización”, que nos alimentan, pero también pueden llegar a saturarnos, me permitió verme a mi misma en su desnudez aparente.

En el desierto no hay donde esconderse y te tienes que enfrentar a ti mismo y eso supone un florecimiento desde tu esencia más pura. El horizonte infinito y sus sorprendentes pliegues te abrazan para hacerte sentir todo y parte del universo.

En el desierto no hay donde esconderse y te tienes que enfrentar a ti mismo y eso supone un florecimiento desde tu esencia más pura.

Llevo 20 años aquí y nunca he estado enferma. Las enfermedades que muy a menudo se originan en el alma, no han llegado a calar en mi, porque tan pronto notaba cualquier debilidad física o emocional, me perdía en sus caminos de arena o lava, o me adentraba en el mar por unos minutos y volvía a renacer.

A lo largo de los años las cosas no han sido siempre fáciles, pero entre aciertos y tropezones, se van cumpliendo sueños, uno tras otro… A veces creo que los espíritus de la montaña de Tindaya me escuchan, otras pienso que he sido afortunada por escuchar a mi intuición, pero sobretodo siempre agradezco al universo haberme traído hasta aquí.

Ahora mis hijas se han ido a vivir fuera, para estudiar, trabajar y conocer nuevos horizontes, pero hace unos meses la mayor me llamo y me dijo: “Mamá, nunca os agradeceré lo suficiente que decidierais criarnos en Fuerteventura, me siento muy afortunada de haber crecido allí, somos unas privilegiadas”.

Y día tras día, en todo lo que hago, intento compartir todo el amor y la energía que esta isla me da… Ojalá que la codicia no la destruya, su paisaje se merece un desarrollo sostenible, para que aquellos que viven envueltos en asfalto y cemento, puedan recuperar de vez en cuando su esencia.

Fuerteventura es una joya, un paraíso para recorrer con calma, con respeto y amor, del mismo modo que de vez en cuando nos deberíamos recorrer a nosotros mismos, con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes… y el corazón. El corazón, como la textura de sus paisajes, irradiando vida en todas las direcciones.

Texto y fotos: María Sanz


María Sanz Esteve (Madrid, 1968) es cineasta y escritora. Lleva 20 años viviendo en Fuerteventura, su lugar en el mundo.


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  1. Pedro Cabrera says:

    …..no sé qué significa y cada uno debe darle su sentido, pero nuestros mayores siempre dijeron » a Fuerteventura,…llorando entra el viajero y llorando la abandona…»
    Pedro Cabrera.

  2. Blanca says:

    Gracias María… nosotros llegamos hace sólo 5 años en parecidas circunstancias pero te entiendo perfectamente comparto tu sentir

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