Las playas más especiales de Fuerteventura, la esmeralda del Atlántico

De arena blanca y fina o de intenso negro volcánico, las playas de Fuerteventura son elegidas por los que buscan sumergirse en aguas cristalinas que nada tienen que envidiar a cualquier destino tropical y por intrépidos windsurfistas y kitesurfistas, que cabalgan sobre sus imponentes olas.

Seas quien seas, y si no terminas de decidirte por alguna, es comprensible. Al fin y al cabo elegir la ideal en una isla que cuenta con 150 kilómetros de playas en su costa puede ser complicado… Nosotros queremos hacerte una selección de nuestras favoritas, las playas más especiales de Fuerteventura, a la que llaman esmeralda del Atlántico. ¿Nos acompañas?

Sotavento

Cierra los ojos e imagina un paraíso virgen donde las dunas son bañadas por aguas inalterables. Ábrelos: estás en Sotavento, una de las playas más espectaculares de Fuerteventura.

En el sur de la Isla, en la península de Jandía, nos espera la belleza salvaje de esta playa que en realidad está formada por cinco (La Barca, Risco del Paso, Mirador, Mal Nombre y Los Canarios) y pueden ser recorridas en su totalidad cuando la marea baja acompaña. Casi diez kilómetros en uno de los paseos más espectaculares que puedes hacer en Fuerteventura.

Un lugar azotado por el viento con arena fina y blanca y aguas cristalinas de un turquesa cegador que se regala a quienes buscan un entorno tranquilo y sin masificar donde relajarse y disfrutar de la naturaleza en su estado más puro.

Y es el viento lo que atrae a quienes quieren domarlo sobre el agua practicando windsurf y kitesurf (al fin y al cabo cada año se celebra aquí el campeonato mundial de estas disciplinas). Y su laguna, que surge cuando la marea sube y queda atrapada por el banco de arena que flanquea Sotavento y que con sus cuatro kilómetros de longitud y 200 metros de ancho es el lugar ideal para iniciarse en ambas.

Muchos dicen que la laguna de Sotavento es un espectáculo para la vista, y quienes frecuentan esta zona de la Isla aún se sorprenden al verla aparecer y desaparecer al antojo de la influencia de las mareas.

Cofete

Existe un lugar en Fuerteventura donde es posible pasear sin más compañía que el Atlántico, un kilométrico arenal donde la mano del hombre aún no ha hecho estragos y donde perderse y encontrarse a uno mismo es obligatorio.

En el Parque Natural de Jandía y con casi 13 kilómetros de extensión, la soledad es lo que define a este imponente lugar, un rincón por descubrir solo perturbado por la mirada desafiante de Villa Winter, un enigmático caserón flanqueado por un torreón que observa impasible desde la montaña. Dicen las leyendas majoreras que esta casa fue un día refugio de nazis, quienes encontraban en este reducto de paz un lugar donde esconderse durante la Segunda Guerra Mundial.

Cofete: una de las playas de Fuerteventura más enigmáticas.

En estas creencias y otras (como la de que la playa de Cofete alberga una base secreta de submarinos nazis que se comunica con la casa a través de una intrincada red de túneles), se inspiró el aclamado novelista Alberto Vázquez Figueroa para escribir su enigmática novela Fuerteventura.

Cierto o no, lo que está claro es que el enigma impregna este paisaje extremo, siendo quizá, uno de los secretos de su encanto.

La Concha y el Puertito

Oteando el horizonte desde las playas de Corralejo y separada por tan solo dos kilómetros de la costa majorera en el Estrecho de la Bocaina, descansa tranquila una auténtica joya de la naturaleza en medio del Atlántico: la isla de Lobos.

Este pequeño islote de apenas cinco kilómetros cuadrados fue en su día hogar de cientos de lobos marinos, de ahí su nombre, y hoy está protegido en su totalidad con la categoría de Parque Natural por su enorme valor natural y paisajístico y ser refugio de numerosas especies vegetales y animales.

Al llegar al islote nos espera el Puertito, donde un sencillo pantalán atraviesa las aguas transparentes, pequeñas barquillas fondean tranquilas sobre un fondo turquesa lleno de peces, y rocas volcánicas que forman charcos y lagunas y pequeñas casitas de piedra completan la estampa. Aquí no se necesita más: tan solo sumergirse en el agua y disfrutar de la experiencia única de bañarse en este lugar donde parece haberse detenido el tiempo.

En la zona sur de Lobos aguarda la playa más grande del islote: La Concha. Una medialuna perfecta de finísima arena con vistas a Fuerteventura, que regala al visitante la mejor perspectiva del Parque Natural de las dunas de Corralejo. Aquí, se han encontrado vestigios de lo que se cree fue el primer asentamiento romano en Canarias: un taller dedicado a la extracción de un tipo de molusco sumamente apreciado en la época por ser la materia prima que teñía de color púrpura las túnicas de las clases más pudientes.

Playa de Gran Tarajal

Este pedacito de paraíso de arena negra orgullosa de su origen volcánico está situado en el municipio de Tuineje, el territorio canario más cercano al continente africano (apenas 100 kilómetros lo separan de él).

Punto de encuentro de pescadores y vecinos de la zona, es una de las pocas playas de arena negra de Fuerteventura y una de las menos turísticas de la Isla, y quizá sea precisamente ese el secreto de su encanto.

A un lado la flanquea la montaña Punta del Camellito, y a otro el espigón del puerto marítimo y sus 800 metros de oscura arena están bañados por limpias y tranquilas aguas. A pesar de ser una playa urbana, no está masificada, y cuenta con toda la esencia que tienen esos lugares de toda la vida, donde los vecinos se conocen y los niños juegan juntos durante horas, sin importar que el tiempo pase. 

Garcey

Foto: Bengt Nyman

Con 500 metros de una mezcla de arena blanca, negra y piedras y en un entorno prácticamente virgen en la costa oeste de la Isla, en el municipio de Pájara, la playa de Garcey se ha ganado, y con razón, el atributo de ser una de las playas más bellas de Fuerteventura.

Aquí el oleaje rompe con fuerza por el viento que azota esta zona de la Isla, y en sus aguas descansa para siempre el esqueleto del American Star, un lujoso crucero que encalló en esta costa en 1994 y es ahora un barco fantasma, parte indiscutible del paisaje de Garcey.

Engullido cada vez más por la arena y el agua, hoy en día solo es visible cuando la marea baja, dejando una estampa casi irreal que representa el poder de la fuerza de la naturaleza sobre la creación del hombre.

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