La Gomera, la isla que no tiene fronteras

El del 2020 ha sido un verano atípico en todos los sentidos, pero, buscando algo positivo de una situación excepcional, nos ha dado esa oportunidad para descubrir, redescubrir y mirar con otros ojos a nuestras islas. Así que, tras un sinfín de veranos perdida por el continente asiático, la isla de La Gomera se presentó ante mis ojos como un paraíso que me dejó con ganas de más.

La gomera

Para una escapada de cuatro días (por supuesto merece mucho más) elegí Alajeró, ya que, en general, las medianías de las Islas Canarias me parecen encantadoras y con una idiosincrasia muy particular, algo que fue todo un acierto. Suspendido a 810 metros sobre el nivel del mar, Alajeró tiene unas impresionantes noches estrelladas, su silencio te envuelve y sus vecinos gozan de esa amabilidad con la que al segundo día te conocen y al tercero te invitan a café.

Alajero La Gomera

Por si fuera poco, se sitúa entre el Parque Nacional de Garajonay y el encantador pueblo pesquero de Playa de Santiago; un lugar ideal para pasar la tarde, darse un baño y comer pescado fresco en alguno de los chiringuitos que hay a pie de playa. Allí me pareció llamativo que el Ayuntamiento sacara al peatonal paseo marítimo unos grandes altavoces en los que sonaban los grandes éxitos de las orquestas gomeras más conocidas, todo un detalle para un verano sin verbenas. 

Alajeró cuenta también con numerosas rutas de senderismo, perfectamente señalizadas como en toda la isla; con el caserío de Targa, que tiene una buena representación de las viviendas tradicionales con sus puertas mirando al sur; y con una bonita zona de viñedos. Precisamente fue allí donde descubrí una uva hasta este viaje desconocida para mí, la forastera gomera, presente en un porcentaje mayoritario de los vinos de la isla y con un nombre que expresa muy bien su carácter, el de una uva antigua, que llegó de fuera y se adaptó con la bendición de los alisios hasta convertirse en una variedad única y propia de allí.

Forastera gomera La Gomera

Abusando (en el mejor sentido de la palabra) de esa amabilidad antes mencionada, recibí algunas lecciones sobre la viticultura y sobre otros temas de esos que te invitan a reflexionar. “Algunos piensan que mar nos limita, pero no es así, a los isleños el mar nos da amplitud”, me comentaba uno de los vecinos mientras gozábamos de unas impresionantes vistas del Teide, de la isla del Hierro y, sobre todo, y de un océano Atlántico que se desplegaba ante nosotros brillante y tranquilo como una lámina de plata. Con esa idea, la de que Canarias no tiene una frontera física con otros países, sino que sus costas “limitan” con continentes, inicié una ruta por los miradores de la isla. Paso a paso comprendí lo que me quería decir: en La Gomera tienes esa sensación constante de estar asomado a un balcón o en la torre de observación de un barco, desde donde parece que puedes alcanzarlo todo. 

Amanecer en La Gomera

Desde el Alto de Garajonay, donde merece la pena subir antes del amanecer, puedes ver El Hierro, La Palma y Tenerife; a pie de carretera está el mirador de Tajaqué, para “tocar” el Teide y divisar Gran Canaria; y desde el Mirador del Morro de Agando las vistas del pico que lleva el mismo nombre son impresionantes. Turístico pero recomendable es el Mirador de Abrante y de allí bajar hasta Agulo para recorrer las calles empedradas y disfrutar de sus casas coloniales. 

calles de Agulo en La Gomera

Recomiendo dejar el coche y entrar a pie para visitar la iglesia que comenzó a construirse a comienzos del siglo XVII o comer en una de sus múltiples terrazas, la mayoría con banquitos de madera y repletas de flores. El lugar está rodeado de plataneras, algunas llegan hasta el mar, y es una zona de tierra agradecida, por lo que las huertas se van multiplicando a cada paso. Una de ellas me llamó la atención ya que estaba a pie de calle, con el pescante de Hermigua (una construcción abandonada que resiste el envite de las olas y también merece una visita) al fondo, y alguien había plantado un corazón de lechugas verdes atravesado por una fila de cogollos rojos.

Corazón de lechugas en La Gomera

Quería saber más de esa sorprendente obra de arte y así es como conocí a Antonio, que me contó que lo hizo como un gesto de cariño en tiempos inciertos y distanciados y, sobre todo, como mensaje para invitar a que la gente se cuide. 

Desde allí se continúa camino hasta Hermigua, yo lo hice parando en la dulcería de Carmita para hacer acopio de pastas, tartas de queso y, sobre todo, de sus deliciosos dulces con almendras o coco, y regresar a Alajeró atravesando la cumbre. Las curvas te meten de lleno en el Parque Nacional en un tramo que es de los más bonitos de la isla y repleto de una vegetación cambiante. 

Conviene recordar que durante los últimos cuatro años La Gomera no ha recibido las lluvias deseadas por lo que zonas como la Presa de Meriga han cambiado. El paisaje que un día llegó a recordar al Amazonas, ahora languidece bajo un palmo de agua, sin embargo, eso no ha quitado ni un ápice de belleza a la visita. El camino de subida transcurre por un bosque de esos que salen en los cuentos. El silencio, el ruido de los pájaros y los rayos de luz que se cuelan entre las copas de los árboles hacen de un camino apto para mayores y pequeños una experiencia estupenda. Al principio del sendero hay una pequeña cueva y una mesita de madera donde uno se quedaría a pasar el día o al menos a disfrutar de una merienda. 

Lo mismo ocurre con el Cedro, aunque algunos siguen llegando en busca de sus saltos de agua, cualquier visita, a pie o en coche, por este Parque Natural es espectacular. Brezos, hayas, acebiños y viñátigos se van alternando con helechos de un verde brillante y tronco cubiertos de musgo. Escondida en su interior sorprende la Ermita de Nuestra Señora de Lourdes, un templo sencillo pero encantador al que se puede llegar después de un paseo de 40 minutos. 

Bien sea al llegar a la isla o al salir de ella se puede hacer una parada en lo que para los lugareños es “la Villa”: San Sebastián de La Gomera. Su ritmo es tranquilo, casi detenido en el tiempo, tiene un mercado bien abastecido y unas calles principales ricas en arquitectura tradicional. En la capital se mantiene viva la historia del más ilustre de los visitantes, Cristóbal Colón y así, con el recuerdo de esa visita que hizo en 1492 antes marcharse al Nuevo Mundo, cobra más fuerza esa idea de que La Gomera goza de la amplitud del mar y que desde allí todo parece más cerca. 

Por este, y por otros muchos motivos, es un lugar perfecto al que volver constantemente para gozar del silencio de sus barrancos o de esas curvas infinitas que a veces te hacen sentir a bordo de un barco. Eso sin olvidar que La Gomera goza de unos cielos limpios, unas aguas cristalinas y una variedad de paisajes que te permiten cambiar de escenario sin salir de isla.

barranco en La Gomera

Soy periodista, viajera, amante de la naturaleza y de las cosas sencillas. Creo que el dinero mejor invertido es aquel que se gasta viajando y que las sensaciones que te provoca un viaje te acompañan de por vida.


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