Marruecos: Nicolas Pawlowski

Nicolas Pawlowski nos cuenta su historia de amor con Marruecos.

“Descubrí Marruecos  cuando tenía 20 años  en mi primer viaje fuera de Europa. Pasé tres semanas recorriendo el país en un viejo Fiat Uno desde Marrakech al desierto (a pesar de que la compañía de alquiler no permitía conducir tan al sur) y terminé mi viaje junto al océano, en Essaouira, cuando era una fortaleza junto a la playa sin ninguna construcción más allá de las murallas.

Cuando tenía poco más de treinta años, la vida me trajo una oportunidad de trabajo en Tarudant, una ciudad mágica que aún era un oasis al que algunos escapaban huyendo de Marrakech, que poco a poco iba siendo más popular para los europeos.

Desde Tarudant me fuí al lejano este de Marruecos, en la frontera con Argelia, para pasar un par de meses echando una mano a unos parientes que vivían allí.

Tuve la suerte de visitar lugares como Figuig (un oasis aún alejado de todo tipo de turismo, salvo el nacional) o Saïdia, que era un pueblecito y no el destino turístico de masas en el que se ha convertido en la última década, con enormes hoteles y villas que se usan un par de meses al año y que no respetan las leyes medioambientales y la migración de las aves. Esto pasa en muchos otros países, como en la Costa Brava española, la rivera francesa… paraísos terrenales convertidos en océanos de cemento. No vale la pena culpar a los países, a los inversores, forma parte del progreso, por muy triste que parezca.

De regreso de otro país africano, en el que pasé unos años, Marruecos me dió una nueva oportunidad en 2011. Este capítulo ha sido el más largo de mi vida, ocho años viviendo en el mismo país, en la misma ciudad, en el mismo riad.

Riad, esta es la palabra mágica y el mundo que me ha dado a conocer… Riad, Mil y una noches, Sherezade, alfombras voladoras… Imágenes sugerentes que aparecen en la mente de cualquier persona cuando nombras el Norte de África o Oriente Medio…

Ocho años  pasados al final de un oscuro y estrecho pasadizo donde lo ultimo que podías imaginar encontrar es una casa con jardín tan amplia y fresca.

La antigua puerta de la entrada estaba sucia, desvaída pero llena de alma. Así es como es Marrakech una vez entras en ella, todo parece desteñido y viejo.

Los colores, las piedras y la madera están desgastados. La fuerza del sol, el calor que sopla el viento que es como un fantasma que susurra que la lluvia vendrá… Hamdullillah, un día la lluvia vendrá y comenzará a limpiar el aire seco irrespirable y la madera desgastada.. Es el momento de dar gracias a Dios (aunque ya lo hacen cinco veces al día durante todo el año, pero aún más cuando llueve.)

De vuelta a esta puerta con alma, nos lleva a un estrecho pasillo que nos conduce al Riad (Riad significa jardín) donde encontramos naranjos y una fuente, en un espacio cuadrado de paz.  

Con siempre un poco de sombra, te quedarás allí en verano para disfrutar del viento inesperado y, en invierno, perseguirás un poco de sol para sentirte vivo. Las puertas tradicionalmente de color claro y las paredes encaladas te harán sentir como en casa.

Flor de azahar, pájaros, llamada del muezin desde las cientos de mezquitas de la ciudad, probablemente el olor a tajine en progreso o a deliciosas tortitas preparándose para ti … Todos tus sentidos estarán encantados.

Este es el corazón de la casa, el corazón de la ciudad, el corazón de la cultura marroquí. Una vez dentro de las paredes ya no hay huésped, si te han invitado a entrar, eso significa que eres un miembro de la familia.

Marrakech es una fortaleza que solía estar cerrada, accesible para personas seleccionadas utilizando una forma elegida por la autoridad para entrar. Este sentimiento es aún más fuerte en Tarudant, que ha mantenido los viejos muros y sus puertas de madera para proteger a su población y sus riquezas.

Hoy en día no todos  se quedan dentro de las murallas, Marrakech y todo Marruecos se han convertido en uno de los destinos turísticos más atractivos alrededor del Mediterráneo.

Los viajeros tienen que ser lo suficientemente valientes como para entrar en el laberinto que esconden las murallas y jugar a un juego que les dejará con ganas de regresar, o de no volver a  experimentar nunca más este sentimiento claustrofóbico de formar parte de esta aventura tan especial.

Nadie lo puede adivinar de antemano, ya que es otra forma de vida la que te vas a encontrar.”


Nicolás Pawlowski es un enamorado de Marruecos. Tras varias estancias en el país y tras vivir varios años en otro país africano, vivió desde 2011 a 2019 en Marrakech gestionando un riad. Actualmente vive en Bali y trabaja como consultor en Dharma Oasis.

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